El lema del Barceló Monasterio de Boltaña podrían ser los primeros versos de la famosa Oda I de Fray Luis de León: “¡Qué descansada vida/ la del que huye del mundanal ruido”. El poeta agustino hubiera sido feliz en Boltaña, a salvo del ritmo trepidante del mundo.
Este monasterio del siglo XVII se alza en el entorno del Parque Nacional de Ordesa, en Huesca: su esencia es la montaña y su vocación, el descanso y el silencio. Rodeado de bosques y con los Pirineos como guardianes, el Barceló Monasterio de Boltaña es un destino en sí mismo. Su don más valioso es la paz y el bienestar de un entorno natural privilegiado.
La orden de los Carmelitas Descalzos construyó este monasterio a mediados del siglo XVII, sobre una vieja ermita, a orillas del río Ara, en un valle protegido de los vientos por la cordillera pirenaica. Desde sus habitaciones, cálidas y acogedoras, se siente el rumor del agua, y en todas se respiran la calma y la naturaleza cercana, con el monte Nabaín vigilando el descanso del viajero. Para familias son muy recomendables las Villas del Monasterio, con todos los servicios del hotel pero más independencia. Y si se viaja en pareja, hay estancias con un encanto especial, como la habitación 'secreta' que conecta con la capilla del monasterio.
En este hotel donde perderse del mundo, la decoración de las zonas comunes está marcada por antigüedades y objetos asiáticos, creando un ambiente ensoñador, como el del patio interior del antiguo claustro.
La misma paz se respira en su piscina exterior con vistas al valle o en el magnífico spa. Las vistas espectaculares a través de las cristaleras son tan beneficiosas como sus tratamientos de salud y belleza. Si se busca algo más exclusivo, el mini spa privado del Gran Claustro es un lujo.
Para reponer fuerzas, la alta cocina del restaurante Marboré, con una decoración colonial moderna, y platos donde se reinterpreta lo mejor de esta tierra. Desde el hotel se facilita la práctica de los deportes de montaña; senderismo en Ordesa o aventura en el Monte Perdido. Pero no es extraño que muchos viajeros, en busca de esa paz que anhelaba Fray Luis, acaben leyendo en un sillón en el antiguo claustro, o sentados en el jardín, a orillas del río Ara.