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Begoña

La colina de Artagan, junto al cauce del río Nervión, ha estado habitada desde tiempos inmemorables. Ya los romanos se toparon aquí con un poblado que llamaron Vecunia, origen del actual distrito de Begoña en la parte alta de Bilbao. Y es que esta emblemática zona tiene sus orígenes en una de las tres anteiglesias (comunidades formadas alrededor de una iglesia) anteriores a la fundación de la ciudad en 1300 que acabarían anexionándose ya en el siglo XX. Con el tiempo, aquel antiguo poblado agrícola de viejos caseríos conocido como Mahatserria (pueblo de uvas) fue creciendo hasta terminar quedando totalmente integrado en Bilbao en 1925, aunque sus cerca de 40.000 habitantes –los vecinos de los barrios de Begoña, Bolueta y Santutxu– siguen siendo conocidos a día de hoy como “mahatsorris”. Como siempre, la vida de este lugar sigue girando alrededor de la imagen de la virgen de Begoña, la patrona de Vizcaya, que se dice que apareció en el monte. Se conserva en la Basílica de Nuestra Señora de Begoña, construida en el siglo XVI sobre la antigua iglesia de madera, y los vascos la conocen familiarmente como la “amatxu” (la madre), cuyo día se celebra cada 11 de octubre. La iglesia se costeó con las limosnas de los fieles, razón por la cual los pilares de la nave central están coronados por los emblemas de los mercaderes y gremios de la villa de Bilbao.

Los “mahatsorris” han salvado el desnivel que los separa del Casco Viejo de Bilbao de diversas maneras a lo largo del tiempo. En 1745, para salvar el penoso ascenso al santuario, se construyeron las Calzadas de Mallona, un tramo de más de 300 escalones que parte de la actual Plaza de Miguel de Unamuno. Las escaleras pasan en su ascenso por el antiguo Cementerio de Mallona, el primero de la ciudad después de que los franceses prohibieran en 1808 enterrar a los muertos en las iglesias, del que hoy apenas queda el arco neoclásico de acceso.

A mediados del siglo XX, el arquitecto Rafael Fontán construyó el icónico Ascensor de Begoña, una torre de hormigón de 54 metros de altura -todo un símbolo de la “arquitectura del maquinismo”- que los “mahatsorris” utilizaban para “bajar a Bilbao”. Desde 2014, sin embargo, está cerrado por quiebra debido a un competidor que llegó recientemente y que le ha arrebatado muchos usuarios: el metro.

Arriba, cerca de la basílica y en la zona más verde de la colina de Artagan, encontramos el parque Etxebarria, el más grande de la ciudad, dominado por una gran chimenea que evoca el viejo Bilbao industrial: es la chimenea original de la antigua fundición de acero que estuvo aquí hasta los años 70.

Por su posición elevada, Begoña fue un enclave estratégico durante la invasión napoleónica de 1808 y las dos guerras carlistas del siglo XIX, cuando la ciudad fue sitiada y la Basílica de Nuestra Señora de Begoña se convirtió en fortaleza improvisada –desde aquí salió la bala que mató al célebre general carlista Zumalacárregui-, sufriendo graves destrozos. Desde el siglo XIX, la torre del campanario ha tenido que ser reconstruida hasta tres veces.

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