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El Generalife de la Alhambra: los jardines del paraíso islámico están en Granada

Por la ladera del Cerro del Sol, lindando con las murallas de la Alhambra, se extienden como el sueño de un sediento extraviado en el desierto los Jardines y el Palacio del Generalife, la antigua finca de recreo de los reyes nazaríes. No es de extrañar que el segundo sultán de la dinastía, Muhammad II, cuyos antepasados procedían de áridas tierras norteafricanas, ordenara construir en el siglo XIII este vergel de agua y verdor a semejanza del Jardín del Edén islámico. De hecho, Yannat al-Arif, el nombre árabe que posteriormente se ha castellanizado, significa “Jardín del arquitecto”: del arquitecto de la Creación. Pasear por este “paraíso terrenal”, surcado de fuentes, huertas, patios, acequias y fragantes flores de todas las clases, es lo más parecido a habitar un cuento de Las mil y una noches.

Descubriendo los misterios del Palacio del Generalife

El Paseo de los Cipreses, trazado en 1862 con motivo de la visita de la reina Isabel II, es en la actualidad la entrada oficial a los Jardines del Generalife. Por el camino podemos entretenernos en las rosaledas y los laberínticos jardines de los llamados Jardines Nuevos, construidos ya en el siglo XX después de que la familia Granada-Venegas, un noble linaje de descendientes conversos de la dinastía nazarí, entregara en 1921 la finca al Estado tras haberla atesorado durante tres siglos.

Pronto llegaremos a la entrada de un edificio, donde el exterior se asemeja más a un austero cortijo rural y su interior guarda sus verdaderos tesoros, si bien estos no poseen el afán ostentoso de deslumbrar de las salas de la Alhambra, sino una sencillez acorde con la función del palacio: el retiro y la vida tranquila. Por el Patio del Descabalgamiento, donde las visitas se apeaban de sus monturas, llegamos al corazón del Generalife: el Patio de la Acequia. Articulado en torno a la Acequia Real que lo atraviesa, llevando agua a las huertas cercanas, este espacio ha perdido parte del carácter intimista que lo caracterizó en la época nazarí, cuando solo se abría al exterior por el mirador central del fondo. Es universalmente conocido por la bella estampa de los chorros de agua de sus surtidores.

Al fondo, atravesando las bonitas yeserías de la Sala Regia, una escalera asciende al conocido como Patio del Ciprés de la Sultana. Este intimista espacio, presidido por una alberca delimitada por setos de arrayán morisco y surtidores de agua, es el protagonista de un antiguo amor prohibido. Dice la leyenda que Morayma, la esposa del rey Boabdil, solía verse con su amante, un caballero de la tribu de los Abencerrajes, bajo un árbol del patio. Cuando el sultán se enteró de la infidelidad, ordenó degollar al amante y los principales líderes de esta familia norteafricana. El viejo tronco seco de este ciprés de leyenda todavía se erige en un rincón del patio.

A los Jardines Altos por la Escalera del Agua

Unas escaleras de empinados peldaños ascienden a los decimonónicos Jardines Altos del Generalife, donde lo árabe medieval deja paso a un pequeño vergel romántico representante de la mejor tradición paisajística europea. A mitad de camino, sin embargo, la escalera se transformará en un artilugio que parece salido de un cuento infantil. En la llamada Escalera del Agua, uno de los elementos más antiguos del Generalife, los pasamanos se tornan sonoros canales por los que baja eternamente el agua de la Acequia Real. Se dice que el sultán ordenó construir este tramo, que circula bajo una bóveda de laureles, para llegar a una pequeña capilla que había en la cima de la colina. La escalera, por tanto, se diseñó como un sahn o espacio para realizar las abluciones previas al rezo. La cima de la colina, donde antes se levantaba el oratorio musulmán,  está coronada desde el siglo XIX por un mirador romántico de estilo neogótico que marca un agradable contraste con la arquitectura nazarí del recinto y ofrece unas preciosas vistas de la finca y los alrededores.

Bajo las estrellas en el Generalife

Al ponerse el sol, las sombras que se adueñan de los jardines y las fragancias de las más de 600 variedades de plantas del Generalife evocan recuerdos de noches de verano olvidadas, de amores prohibidos bajo las estrellas y de otras quimeras que parecen salidas de Las mil y una noches. Vivir este cuento, en cambio, es posible gracias a las rutas nocturnas que organiza el Patronato de la Alhambra y el Generalife por los jardines y el interior del palacio, que ofrecen la posibilidad de un recorrido más sosegado e introspectivo en el que conectar bajo las estrellas con el espíritu de este jardín mágico.

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