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El Castillo de San Gabriel, un homenaje a la historia de Arrecife

El Castillo de San Gabriel, uno de los más antiguos baluartes construidos en Lanzarote, alza su planta en las tranquilas aguas de la bahía de Arrecife, sobre un islote al que los “conejeros” llaman del Castillo. Sin embargo, para los isleños más antiguos este último siempre fue conocido como el Islote del Quemado, debido al devastador incendio que soportó durante el ataque del temido corsario otomano Morato Arráez en 1586. A lo largo de siglos, también fueron ingleses, franceses u holandeses los piratas que se acercaron a probar los cañones de San Gabriel, antes de que el sonado fracaso del vicealmirante británico Horacio Nelson, en las cercanas costas de Tenerife, marcara el inicio del ocaso de la piratería a finales del siglo XVIII. Actualmente el Castillo se erige como un punto de obligado paso, ya no sólo por el Museo de Historia que alberga desde 1972, sino también por las maravillosas vistas que ofrece desde su azotea, tanto de la blanca capital insular, como del inmenso océano Atlántico.

Una historia de piratas y corsarios

Por si no te habías dado cuenta, gran parte de la toponimia lanzaroteña destila un carácter marcadamente militar. El mismo nombre de la isla encuentra su origen, aunque muchos lo refutan, en la lanza rota del conquistador normando Jean de Bethancourt a su llegada a tierra maja en 1402. También alrededor del frente marítimo de Arrecife, cuna de la actual capital conejera, se encuentran otros tantos casos. Por ejemplo, el de la popular playa urbana del Reducto, cuyo nombre nos recuerda el paredón que, en tiempos de piratas, servía a los soldados como abrigo ante el ataque enemigo; o el del Puente de las Bolas, cuyas famosas esferas no son sino balas de cañón con las que habitualmente se repelía el ataque corsario. Por este puente llegamos al Castillo de San Gabriel, fortaleza construida en 1573 —a petición del Capitán General del cual toma el nombre— en respuesta al devastador ataque del pirata berberisco Dogalí dos años antes.

Acabamos de dar inicio a una historia de siglos en la que las incursiones piráticas al puerto de Arrecife serán una constante. Del otro lado, el Castillo de San Gabriel será uno de los primeros baluartes canarios que se construyan expresamente para frenar esta problemática, azuzada a su vez por las mismas cabalgadas cristianas que, bajo el consentimiento de Carlos V, venían realizándose en aquellos años sobre el norte africano.

El Castillo de San Gabriel a lo largo del tiempo

Hoy en día, al Castillo de San Gabriel se llega a través de dos calzadas bien diferenciadas, una para tráfico y otra para peatones. Mientras que la primera es una construcción moderna sin grandes pretensiones, la segunda es conocida desde 1771, momento de su construcción, como Puente de las Bolas: un pequeño puente levadizo con dos balas de cañón sobre sus pilares que, junto con el Castillo, es considerado Patrimonio Histórico Nacional desde 1972.

Salvando el mar a lo largo de 175 metros, llegamos a la fortaleza que Don Agustín de Herrera y Rojas, primer conde y marqués de Lanzarote, mandara levantar en 1573 en respuesta al inminente peligro pirata. Si bien la primera versión fue construida en madera, y como era de esperar, terminaría ardiendo diez años más tarde bajo el asedio de Morato Arráez, lo cierto es que la siguiente versión, en 1591, llegó para quedarse. Obra del ingeniero italiano Leonardo Torriani, enviado por Felipe II a la isla para reformar el precario sistema de defensa, el nuevo castillo incorporó cambios significativos, de los cuales todavía hoy queda constancia. Un primitivo puente, anterior al ya mencionado Puente de las bolas, fue construido y provisto con seis cañones; y el interior del castillete se reconstruyó con mampostería de piedra. En la segunda planta, abierta en forma de azotea, todavía hoy perduran elementos de aquella reforma: dos cañoneras, una preciosa espadaña, y en su interior una maciza campana. Aunque hoy solamente se la contemple con admiración, en los tiempos más oscuros del Archipiélago los lugareños la hacían sonar al toque de arrebato cuando los temidos piratas eran divisados en el horizonte.

El Museo de Historia o el legado de Juan Brito

Algunos no dudan en reconocer en la figura de Juan Brito una importante parte del valor cultural que atesora hoy en día el Museo Arqueológico y Etnográfico del Castillo de San Gabriel —llamado oficialmente Museo de Historia de Arrecife desde 2014—. Juan Brito fue un autodidacta canario nacido en 1919 que desde joven sintió la imperiosa necesidad de recorrer, de sol a sol, su isla natal a fin de comprender mejor su pasado. Por méritos propios dio con grandes hallazgos, como las colonias de fósiles en Punta del Papagayo en 1958, o la piedra grabada prehispánica procedente del mandato del rey aborigen Zonzamas en 1962. Fue en 1972 cuando cedió toda su colección, formada por miles de piezas arqueológicas, al Museo que entonces se disponía a ser inaugurado.

Hoy a sus puertas, como un recordatorio del pasado militar del edificio, encontramos dos pesados obuses de bronce traídos al término de la II Guerra Mundial. Y en su interior, las diferentes dependencias del castillo nos transportan, a través de una colección de más de 3.000 piezas, a las distintas épocas que esta isla carga a sus espaldas: vestigios prehispánicos, mayoritariamente majos —que es como se denomina a los aborígenes de Lanzarote—, ídolos, adornos simbólicos y utensilios primitivos, o cerámica castellana y andaluza que data de los primeros tiempos de la conquista canaria. Además, una mención aparte merecen también ciertos facsímiles de documentos históricos o las maquetas que ilustran de manera nítida la evolución de la capital, desde su vocación pesquera y agrícola hasta su actual faceta turística.

Para terminar, una curiosidad: en 1973, Juan Brito fue nombrado Vigilante oficial de los campos lávicos y paisajes en general de la Isla de Lanzarote, siendo desde entonces a iniciativa suya que las casas en Lanzarote se pinten todas de blanco.

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