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Ermita de Betlem, vestigio de la larga tradición eremita de Mallorca

En la Serra de Llevant, al noreste de Mallorca, una de las zonas más tranquilas y menos explotadas de la isla, la ermita de Betlem se erige medio camuflada entre la vegetación desde hace más de 200 años. Fue en 1805 cuando un grupo de eremitas de la comunidad religiosa de San Honorato de Randa y de la Trinidad de Valldemossa fundaron el asentamiento en este hermoso lugar a unos 280 metros sobre el nivel del mar, un balcón de espectaculares vistas abierto a la cercana bahía de Alcudia. El tranquilo sendero rodeado de cipreses que lleva a la ermita nos transmite que estamos en un lugar sagrado, un espacio fuera del tiempo ordinario que hasta 2010 habitaron tres monjes que vivían del huerto, de sus animales y de los donativos que recibían de los visitantes. Un oasis de espiritualidad en una isla tomada por los turistas. Hoy ya no quedan ermitaños, pero el sencillo templo permanece como uno de los símbolos del eremitismo mallorquín, tradición que se remonta al misionero, poeta, filósofo y místico Ramon Llull, del siglo XIII, y que floreció en el siglo XVII cuando las montañas de la isla se llenaron de ermitas destinadas al ideal de vida ascético. Aunque se estima que pasada la Segunda Guerra Mundial aún quedaban unos 60 eremitas en Mallorca, la secular tradición cristiana vive hoy sus últimos días: los últimos ermitaños de la isla (eran cuatro en 2017) resisten en la ermita de la Santísima Trinidad, en Valldemossa.

Historia de la ermita: una comunidad cristiana en una antigua alquería musulmana

La comunidad eremítica de Betlem se asentó en la zona en 1805 gracias a Jaume Morell, un gran devoto cristiano que donó unos terrenos con una condición: que se construyera un edificio llamado Betlem y que se dedicara al nacimiento de Jesucristo. En la finca se conservaban los restos de una vieja atalaya y una almazara, y es que estas fueron las tierras de la antigua alquería musulmana de Binialgorfa hasta la conquista cristiana de Mallorca por parte de Jaume I, en 1231.

La ermita se inauguró el 10 de mayo de 1818, siendo bendecida en 1824 y ampliada a lo largo del siglo XIX con celdas, cocina, refectorio y otras dependencias donde los monjes desarrollaban su vida de ascetismo y oración. En los alrededores persisten vestigios de la economía de subsistencia que llevaba la comunidad religiosa: los huertos, una era donde moler el grano, restos de edificios donde se guardaba el ganado, un molino de agua y la fuente de Na Bernadeta, de la que aún mana agua potable.

Cerca de la iglesia encontramos un monolito que recuerda la fecha en que se fundó la ermita, en 1805, y un poco más allá, bajo la sombra de unos cipreses, podemos ver el pequeño cementerio, donde un mosaico de azulejos recuerda al primer monje superior de la ermita, Sebastià d’Artà, que murió en 1820 de una peste amarilla que había contraído en el cercano municipio de Artà cuando asistía a los enfermos.

Desde aquellos tiempos, docenas de ermitaños han pasado sus vidas en la recóndita ermita de Betlem hasta 2010, cuando salieron los tres últimos anacoretas, de muy avanzada edad, para trasladarse a Valldemossa, último foco eremita de la isla. No quedaban jóvenes con vocación que quisieran proseguir con la tradición.

Los secretos de la ermita de Betlem en Mallorca

La humilde iglesia, de estilo neoclásico, se levantó sobre los cimientos de la antigua atalaya musulmana, construyéndose a su alrededor las celdas y demás dependencias de los monjes. Es obra de Joan Rosselló, que diseñó un sencillo edificio de nave única y planta en forma de cruz coronado por una bóveda.

En la fachada principal, según llegamos desde el paseo de los cipreses, destacan un reloj de sol y un pequeño rosetón. La ermita en el interior está hermosamente decorada con un fresco de la coronación de la Virgen que cubre la bóveda y siete pinturas del pintor zaragozano –y también monje cartujo– Manuel Bayeu sobre la vida de Cristo. La ermita guarda una estatua de Cristo que es objeto de adoración por parte de los habitantes del cercano pueblo de Artá, quienes suben en peregrinación a la capilla del monasterio cada 1 de mayo.

A pie o en coche: dos maneras de llegar a la ermita

Existen dos formas de llegar a la ermita de Betlem, ninguna de ellas exenta de encanto. La más rápida y sencilla consiste en ir en coche desde el municipio de Artà, lo que nos lleva por una estrecha carretera que serpentea por el hermoso paisaje montañoso de la Serra de Llevant. A aproximadamente un kilómetro del final, podemos parar en el mirador de la Ermita de Betlem, que ofrece unas magníficas vistas de la bahía de Alcudia.

La alternativa para los amantes del senderismo y de tomarse las cosas con más calma consiste en una sencilla excursión de 5 kilómetros desde la urbanización de Betlem, junto al mar, que nos llevará unas dos horas. Se dice que, en los alrededores de Betlem, Jaume I estableció su campamento cuando en 1230 asediaba a los musulmanes que se habían refugiado en la sierra. Por el camino pasaremos, además, por las abandonadas Casas de Betlem, antiguas casas agrícolas ubicadas en los terrenos de la alquería de Binialgorfa. Tras la conquista cristiana, el rey Jaume II integraría la alquería en la Devesa de Ferrutx, una amplia finca que convirtió en cazadero real. Durante la ruta ascendente, el camino nos irá desvelando vistas cada vez mejores de la bahía y los alrededores. Y, poco antes de llegar, podremos refrescarnos en la font de S´Ermita, un pintoresco lugar con una pequeña cueva dedicada a la Virgen de Lourdes.

Información de interés

Cómo llegar a la Ermita de Betlem

  • Coche: desde Artà, carretera Ma-3333 (tomar el desvío a la ermita).
  • A pie: sendero junto a la entrada de la urbanización de Betlem.

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