Libros para volver a los viajes de tu vida desde el sofá

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Saldremos a las calles en unas semanas, haremos todo lo que ahora echamos de menos y llenaremos la maleta para viajar hasta ese destino al que tantas ganas tenemos siempre de volver. Eso seguro. Mientras tanto, llevemos la contraria a aquella actriz francesa que escribió que “la nostalgia ya no es lo que era” y recordemos -aunque sea a través de unas lecturas seleccionadas- qué se sentía con cada escapada. Desde la más exótica a la más cercana. Llenando la retina de textos que describen paisajes bonitos a los que queremos volver.

Pisar la arena mojada o respirar la brisa salobre en un acantilado son pequeños placeres que, por desgracia, ahora mismo no están a nuestro alcance. No importa. La escritora y traductora bilbaína María Belmonte los describió para nosotros en ‘Los senderos del mar’ (Acantilado), el libro con el que invitaba a realizar una travesía a pie desde Bayona a Cobarón. Es decir, casi 200 kilómetros de reencuentro con la naturaleza en estado puro.“En la costa vasca los caminos me hablaban de balleneros y pescadores, de recolectores de algas, de peregrinos y piratas […] Pero la orilla del mar también guarda otro tipo de historias fascinantes: las que hablan de las plantas y animales que en ella habitan. Y hay una historia onmipresente y antiquísima: la que se ha ido tejiendo por el incesante diálogo que mantienen la roca y el agua desde el inicio de los tiempos”, escribió la autora. Como para no querer acompañarla…

Juan Villoro, el hombre orquesta de las letras mexicanas, decidió recorrer el país de los mayas persiguiendo los recuerdos de su abuela. El resultado fue un viaje a México llamado  ‘Palmeras de la brisa rápida’ (Altaïr), donde detalla con chispa los misterios de la región yucateca y la idiosincrasia de sus habitantes. Todo ello entre calor, mosquitos y platos de cocina picante.“Como los otros edificios del Uxmal, el Palacio del Gobernador tiene una placa con informaciones que deben ser de gran utilidad para el trailero que desee desmontar el edificio y llevárselo a Ohio: sólo se habla de metros cúbicos, número de escalones, peso de las piedras…”, escribe Villoro en calidad de turista-aventurero. Imprescindible para reír un rato con uno de los mejores cronistas del idioma español.

El escritor José Saramago mantuvo una relación íntima con Lanzarote, isla a la que se trasladó a principios de los años 90 desde su natal Portugal. En sus parajes volcánicos halló un refugio y la lanzadera perfecta para su imaginación. Cuadernos de Lanzarote es el conjunto de seis diarios que Saramago escribió entre 1995 y 2001, y que incluyen por supuesto la obtención del Premio Nobel de Literatura en 1998.Dichos diarios se presentan como una mezcla de géneros (autobiografía, memoria, ensayo, libro de viaje, cartas, etc.) en los que, con cierta frecuencia, aparece el Saramago que camina entre riscos como un lugareño más: “Enfrente de casa hay un morro a cuya cima se llega por una cuesta suave, pero que, del otro lado, baja abruptamente sobre la planicie que se extiende hasta el mar. Es el Pico de la Tejada, que de pico sólo tiene el nombre, tal vez resto de épocas más altivas. En tiempos pasados hubo allí un caserío, unas pocas viviendas toscas rodeadas de cactus, con sus dulcísimos higos chumbos, algún molino de viento, una tierra pedregosa, descolorida, como huesos viejos que el sol tarde en deshacer…”. Léase preferentemente sin recurrir a una ‘app’ de las que cuentan los pasos.

Ahora que el mundo parece otro, circunstancialmente diferente al que habíamos conocido, es también buen momento para fijarse en los detalles. El poeta mallorquín Miguel Ángel Velasco (1963-2010) fue capaz de apreciarlos como pocos, encontrando en ellos una extraña fascinación. Lo mismo se tratara del proceso de maduración de una fruta, de la combustión de un leño en la hoguera o de un instante del día que a él le pareciera mágico.“Sales a la terraza/ para apurar al menos un aroma furtivo/ y a lo lejos contemplas/ los restos del incendio/ de un día que se pierde para siempre…”, son algunos de los versos que pueden leerse en ‘La mirada sin dueño’ (Renacimiento). En este poemario, como en toda su obra, despliega una simbología rebosante de Sur. El de Velasco no es un itinerario físico, sino espiritual, pero incita a ser seguido igualmente.

Dicen que ‘La fiesta del chivo’, obra maestra del premio Nobel de literatura, Mario Vargas Llosa, marcó un hito en la novelística dominicana precisamente por ampliar los horizontes de un hecho histórico, los últimos días del dictador Trujillo, desde la perspectiva del novelista en lugar de la del historiador.Esta novela es además un recorrido por la República Dominicana en dos períodos: en mayo de 1961; y treinta y cinco años después, en 1996. A través de los recuerdos de su protagonista, sus páginas nos transportan al Santo Domingo clásico, a su fisonomía, y a los lugares emblemáticos que  aún siguen siendo un referente en la capital, como lo es el hotel El Embajador, a Royal Hideaway Hotel, cuyo perfil marca los recuerdos de Urania Cabral: “En su niñez, la ciudad terminaba en el Hotel El Embajador; a partir de allí todo eran fincas, sembríos. El Country Club, donde su padre la llevaba los domingos a la piscina, estaba rodeado de descampados, en vez de asfalto, casas y postes del alumbrado como ahora […]”.Una lectura obligada para quienes sienten que el Caribe les espera al final de esta travesía que emprendemos sin salir de casa. ¡Feliz viaje literario!