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Hamburgo es la segunda ciudad más importante y grande de Alemania. Menos conocida que su hermana mayor, Berlín, pero no por ello menos interesante, Hamburgo es una reconocida metrópoli de negocios con gran atractivo turístico y con uno de los puertos más grandes del mundo.
Destaca por su riquísimo patrimonio arquitectónico con sus museos y fachadas espectaculares. Los visitantes pasearán entre rascacielos y espectaculares iglesias históricas como la Iglesia de San Miguel (Hauptkirche St. Michaelis) o la Iglesia de Santa Catalina (Hauptkirche St. Katharinen), llegando al icónico Rathausplatz, la inmensa plaza del esplendoroso ayuntamiento de la ciudad. Un lugar donde poder maravillarse con las edificaciones más antiguas y monumentales de la ciudad, con la Binnenalster, uno de los lagos artificiales internos más populares con una amplia oferta de restaurantes o el Jungfernstieg, la calle comercial por antonomasia de la ciudad.
La ciudad también destaca por su ambiente divertido y abierto, siendo obligatoria una vista a la Reeperbahn, la calle principal del barrio de St. Pauli: uno de los principales centros de ocio nocturno de la ciudad.
Como ciudad portuaria con marcado carácter marinero, tampoco puede faltar una visita / tour por la Hafencity (puerto) con sus característicos edificios que se erigen a lo largo del Elba y sus bellos canales, o una visita los Domingos al famoso Fischmarkt (de abril a octubre, de 5:00 a 9:00 y de noviembre a marzo, de 7:30 a 9:30) para saborear, entre otras cosas, los productos y platos típicos de la ciudad a precio de coste.
Budapest, la ciudad cuya historia data de tiempos romanos, ha sido (y sigue siendo) uno de los principales referentes turísticos en Europa, entre otras cosas, gracias a su magnífico paisaje urbano que aúna museos, arte, arquitectura y gastronomía.
La capital húngara, asentada y separada por el Danubio, destaca por muchos aspectos, pero sin lugar a duda, el aspecto arquitectónico es uno de los más relevantes. Como tal, entre las muchas maravillas al alcance de los visitantes, el Parlamento, uno de los más grandes del mundo y declarado Patrimonio de la Humanidad es de obligada visita.
En pleno corazón los visitantes podrán contemplar las maravillas de la Iglesia de San Matías (Mátyás-templom) y su espléndida y colorida fachada. Un poco más hacia el norte encontrarán el Castillo de Buda (Budai var), erigiéndose sobre una colina hacia el oeste y marcando el perfil de la ciudad. A pocos minutos, los visitantes descubrirán La Ciudadela – fortaleza que fue testigo de varias batallas a lo largo de la historia de la ciudad, pasando por la Estatua de la Liberación (Szabadság-szobor) en conmemoración a la liberación de Hungría de la ocupación de los nazis durante la Segunda Guerra Mundial; mientras que en la zona este de la ciudad los visitantes encontrarán la Plaza de los Héroes (Hosok Tere) en homenaje a los fundadores de la ciudad.
Dicho ésto, un viaje a la perla del Danubio no estaría completo, por supuesto, sin una visita al Balneario Szechenyi, el más famoso e impresionante de toda la ciudad, datado de finales del siglo XIX y cuyas aguas calientes ofrecen un sinfín de beneficios.
La que en el pasado fuera la capital del imperio romano conserva un sinfín de vestigios de aquella época, siendo la ciudad con el mayor número de restos arquitectónicos y bienes históricos a nivel mundial. Es por ello que visitar Roma es algo que todo el mundo debería hacer al menos una vez en la vida.
En cualquier viaje a La Ciudad Eterna no puede faltar una visita a su principal icono y una de las 7 maravillas del mundo moderno: El Coliseo. Éste imponente anfiteatro tenía una capacidad de más de 50.000 personas y era considerado como uno de los principales centros de entretenimiento de la sociedad con sus espectáculos y combates sangrientos.
Muy cerca los visitantes encontrarán el Foro Romano, considerado el núcleo y corazón de la antigua ciudad y donde se encontraban los edificios y monumentos más importantes, destacando el Arco de Tito y el Arco de Constantino. Junto al Foro se halla el Palatino, la colina donde, según cuentan las historias, nació Roma, y dónde según la mitología, la loba Luperca amamantó a los fundadores de la ciudad, Rómulo y Remo.
Desde allí, la siguiente parada obligada no puede ser otra que La Ciudad del Vaticano, accesible tanto a pie, pasando por incontables monumentos, excavaciones arqueológicas, etc. o más cómodamente en metro. Una vez allí, no pueden faltar una visita al Museo del Vaticano y a la Capilla Sixtina con sus espectaculares frescos, a la Basílica de San Pedro – una de las iglesias católicas más grandes del mundo y piedra angular del cristianismo – y por ende la Plaza de San Pedro desde la que admirar la grandeza del Vaticano.
A la salida, los visitantes se encontrarán con el Castel Sant’Angelo, otro de los imprescindibles de la ciudad. Construido en la Edad Media sobre el Mausoleo del Emperador Adriano, las estatuas que guardan el Ponte di Sant’Angelo, crean una imponente panorámica con la fortaleza de fondo.
Y para finalizar un recorrido lleno de maravillas históricas, qué mejor que pararse y contemplar la belleza – sin olvidarse del tradicional lanzamiento de moneda – de la siempre concurrida Fontana di Trevi, construida en el siglo XVIII y considerada una de las más bellas del mundo, y el imponente Panteón de Agripa, la obra arquitectónica mejor conservada de la antigua Roma y uno de los máximos exponentes de la arquitectura italiana.
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