Al pie del Alto Atlas, donde el gran paso de Tizi n’Tichka desciende hacia el sur, Ouarzazate surge en el límite donde el paisaje se vuelve árido, claro, infinito. Esta ciudad de adobe y sol es mucho más que un paso hacia el Sahara: es un punto de encuentro entre montañas, palmerales, kasbahs y escenarios cinematográficos que han transformado la tierra roja en telón de fondo para historias épicas. Visitar Ouarzazate es detenerse en un lugar que fue ciudad de frontera, fortaleza del poder local y tierra de rodajes de Hollywood, sin haber perdido un ápice de su carácter bereber.
Breve historia de Ouarzazate: de puesto fronterizo a capital del decorado
El nombre Ouarzazate proviene del bereber y se traduce aproximadamente como “sin ruido” o “sin alboroto”, lo cual sorprende al pensar en su papel actual como centro turístico y cinematográfico.
En sus orígenes fue un cruce de rutas caravanas entre el Atlas y el sur profundo, un lugar de paso de mercaderes que transitaban entre Marrakech y el valle del Drâa. Con el establecimiento del dominio francés a comienzos del siglo XX la ciudad cobró nueva vida: se construyeron oficinas administrativas, una base militar y la carretera que atravesaba el macizo atlásico.
Durante el protectorado, la tribu Glaoui estableció su poder desde la kasbah de Taourirt, símbolo de autoridad y riqueza. A partir de entonces, Ouarzazate dejó de ser solo un punto de tránsito y se transformó en centro de control y enlace hacia el desierto.
Con la independencia de Marruecos se ha reinventado, abrazando el cine y el turismo para completar una metamorfosis que va del adobe al celuloide. En los últimos años, el reconocimiento internacional como centro de filmaciones y la inversión en infraestructuras han consolidado su influencia más allá de su propia región.
Qué puedes ver en Ouarzazate: historia viva, rodajes y paisajes de barro
Kasbah de Taourirt: el palacio de barro que resiste al tiempo
La kasbah de Taourirt es una de las fortalezas de barro más prominentes del sur de Marruecos. Sus muros de adobe, torres almenadas y patios internos forman un laberinto habitado hasta hace pocas décadas. Fue residencia del caíd Glaoui y actual testimonio arquitectónico del poder bereber adaptado al siglo XX. Al recorrerla, se atraviesan salas con bóvedas de madera, corredores sombreados y terrazas que ofrecen panorámicas del palmeral cercano o de la meseta que avanza hacia el Sahara.
El contraste entre su textura rojiza, las ventanas pequeñas y la luz intensa del exterior convierte la kasbah en un lugar de tensión visual: oscuro en su interior, cegador afuera. Es también un símbolo de resistencia al paisaje: construida para resistir tanto el avance de los ejércitos como el desgaste del viento y la arena.

Visitarla permite entender cómo las comunidades del sur afrontaban su entorno y, al mismo tiempo, cómo hoy esa arquitectura sirve de escenario turístico.
Estudios de cine Atlas: el escenario donde Marruecos rueda sus epopeyas
A menos de cinco kilómetros de la ciudad se encuentra uno de los estudios de cine más extensos del mundo, conocidos como los Estudios Atlas.
Este conjunto de decorados, escenarios naturales adaptados y salas de rodaje es el motivo por el cual Ouarzazate se ha ganado el apelativo de “Hollywood africano”. Películas como Gladiator, Lawrence de Arabia o series de televisión de producción internacional han utilizado este territorio como plató.

La visita guiada permite adentrarse en sets que reproducen ciudades romanas, desiertos helados o pueblos tradicionales bereberes. Más allá del efecto «wow», se descubre cómo el paisaje y la luz del Atlas ofrecen unas condiciones únicas para el rodaje: horas de sol, cielos limpios y un entorno relativamente poco urbanizado.
Este carácter técnico se suma al cultural: los locales que aparecen como extras, las historias que se cuentan sobre los rodajes o la interacción entre industria y comunidad local ofrecen al viajero una experiencia más rica que la simple fotografía.
Aït Ben Haddou: el ksar que fue escenario de decenas de producciones
A aproximadamente treinta kilómetros al norte de Ouarzazate se alza el ksar de Aït Ben Haddou, declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.
Este complejo fortificado de adobe, con sus casas apiñadas sobre la colina y sus muros rojizos, es una de las imágenes más icónicas de Marruecos. En su interior, callejones angostos, templos antiguos y terrazas áridas recuerdan tiempos en que el comercio de sal, oro y esclavos transitaba por estas rutas.

Desde el punto de vista cinematográfico, ha servido como escenario para decenas de producciones: «La Momia» (1999), «Gladiator» (2000), «Alejandro Magno» (2004), «El Reino de los Cielos» (2005), «Prince of Persia» (2010), la serie «Juego de Tronos»…
Pero más allá del brillo de las cámaras, Aït Ben Haddou ofrece una inmersión en un modo de vida tradicional: comunidades bereberes, casas precarias que siguen habitadas, y una luz que al atardecer convierte el adobe en un paisaje que parece de fuego. Su proximidad a Ouarzazate la hace una escapada accesible y casi obligatoria para quien quiera completar el relato del sur marroquí.
Museos: memoria y filmaciones que reposan en vitrinas
En el corazón de Ouarzazate, junto a la kasbah, se encuentra el Museo del Cine, un espacio que reúne vestuarios, paneles informativos y maquetas de decorados utilizados en los rodajes del desierto. También el mercado local merece una visita pausada: puestos de alfombras, cerámica pintada, instrumentos de música bereber y especias que recuerdan que la ciudad no solo vive del cine, sino del comercio tradicional.
Estos museos y espacios expositivos permiten al viajero conectar los fragmentos vistos en los estudios con el territorio, acercando la técnica al paisaje, el guión al adobe y la industria al entorno. Pasear entre vitrinas de vestuarios de películas y luego salir a la calle donde se filmaron hace que la visita a Ouarzazate sea más completa, integral y sorprendente.
Visitas y actividades en los alrededores: rutas en 4×4, oasis y palmerales del sureste marroquí
Desde Ouarzazate parten rutas hacia paisajes tan distintos como los palmerales de Skoura, los valles escondidos del Dadès o el gran palmeral del Drâa.
Una de las excursiones más gratificantes lleva por carretera hacia el sur, atravesando oasis de argán, pueblos de adobe y puentes antiguos que dan paso hacia el desierto. En 4×4 o en coche, esos trayectos ofrecen cambio de escenario: del adobe a las dunas, de la altitud al silencio plano.

Para quien tenga más tiempo, ascender a los pasos del Atlas —como el Tizi n’Tichka— desde Ouarzazate ofrece vistas que parecen colgar del cielo, con curvas que dominan valles, miradores donde la nubosidad baja y casas bereberes que se aferran a la roca. Y para quienes prefieren una tarde más contemplativa, el lago de Mansour Eddahbi, a pocos kilómetros, permite paseos al borde del agua, aves que llegan al atardecer y reflejos sobre el desierto que cambian con el viento.
La experiencia de pasar la noche en un campamento en las afueras de la ciudad, bajo tiendas bereberes, fuego, música y oscuridad completa, redondea la estancia. En ese entorno la ciudad deja de percibirse y se convierte en un punto de partida para adentrarse en el sur profundo: dormir bajo el cielo, oír el viento y despertar con el sol limpio del Atlas.
