En el corazón de Roma, la Via del Corso traza una línea recta entre el pasado y la vida moderna de la gran urbe. Esta gran avenida, que une la Piazza Venezia con la Piazza del Popolo, ha sido durante siglos un eje vital de la ciudad: primero vía de procesiones y desfiles papales, después escenario de carreras de caballos y, hoy, una de las calles comerciales más animadas de Europa. Entre fachadas barrocas y escaparates de lujo, la Via del Corso es mucho más que una calle para comprar: es una galería viva donde se superponen la Roma clásica, la aristocrática y la contemporánea.

  1. La gran avenida comercial de Roma
  2. Historia y origen
  3. Qué podrás ver en la zona de la Via del Corso
  4. Tiendas exclusivas y boutiques
  5. Dónde comer

La gran avenida comercial de Roma: el pulso urbano entre plazas monumentales

La Via del Corso atraviesa el corazón de la capital italiana con una rectitud casi insólita para el trazado romano. Mide poco más de un kilómetro y medio, pero su recorrido concentra buena parte de la energía de la ciudad. Desde el tráfico constante de la Piazza Venezia —vigilada por el imponente Monumento a Víctor Manuel II— hasta la elegancia de la Piazza del Popolo, flanqueada por las iglesias gemelas de Santa Maria dei Miracoli y Santa Maria in Montesanto, todo en ella late con la intensidad de un espacio donde Roma se exhibe y se reconoce.

Via del Corso
Una sugerente vista del atardecer de la Piazza del Popolo vista desde los Jardines Pincio en el corazón de Roma

El pavimento vibra con el paso de peatones, turistas y romanos que caminan deprisa entre tiendas, palacios y cafés. En sus calles adyacentes —Via dei Condotti, Via Frattina o Via della Croce— se esconde el alma más refinada del centro histórico, con boutiques, galerías y restaurantes donde el bullicio del Corso se convierte en un murmullo. Al caer la tarde, la luz dorada que rebota en las fachadas de estuco revela la textura de los siglos, y el paseo vespertino se transforma aquí en un elegante ritual romano que conjuga historia y cotidianeidad.

Historia y origen: de las carreras papales a corazón de la Roma moderna

La Via del Corso nació en el siglo XV, durante el pontificado de Pablo II, quien ordenó abrir una vía recta para conectar el centro de la ciudad con la Porta del Popolo. La llamó Via Lata, y poco después recibió el nombre de Corso en referencia al corso dei cavalli, las carreras de caballos que se celebraban cada año durante el Carnaval romano. Aquellas competiciones sin jinetes, que recorrían toda la avenida entre multitudes y confeti, convirtieron la calle en un escenario festivo y caótico, símbolo de una Roma que mezclaba lo sagrado y lo popular.

A lo largo de los siglos, la Via del Corso fue adquiriendo un carácter monumental. Los palacios renacentistas y barrocos levantados por las grandes familias —como el Palazzo Doria Pamphilj o el Palazzo Sciarra Colonna— marcaron su fisonomía y la transformaron en un espacio de prestigio. En el siglo XIX, con la unificación italiana, la avenida se consolidó como arteria comercial y punto de encuentro de la burguesía romana. Hoy, mientras conserva su trazado original, se ha adaptado a la vida contemporánea: entre coches eléctricos y escaparates de vidrio, aún se percibe la resonancia de los cascos de los caballos que le dieron nombre.

Qué podrás ver en la zona de la Via del Corso: plazas, iglesias y palacios entre el bullicio

Caminar por la Via del Corso es una lección de historia al aire libre. En el extremo sur, la monumental Piazza Venezia se abre bajo la mirada del Altar de la Patria, construido en honor al primer rey de la Italia unificada. Desde allí, los edificios de piedra y las tiendas se suceden hasta llegar a la Fontana del Facchino, una curiosa fuente del siglo XVI que representa a un aguador y recuerda los antiguos oficios urbanos. Más adelante, el Palazzo Doria Pamphilj, aún propiedad de la familia homónima, alberga una de las colecciones privadas de arte más importantes de Roma, con obras de Velázquez, Caravaggio y Tiziano.

Via del Corso
Piazza Venezia

En la parte norte, la Via del Corso desemboca en la Piazza del Popolo, uno de los espacios más bellos de la ciudad. Desde allí parten las tres vías que conforman el llamado “tridente” barroco —Via del Babuino, Via di Ripetta y la propia Via del Corso—, diseñado para conducir la mirada hacia el corazón monumental de Roma. Muy cerca, el visitante puede subir al Pincio, el mirador del parque Villa Borghese, desde donde se contempla una de las panorámicas más célebres del centro histórico. Entre ambos extremos, pequeñas iglesias como San Marcello al Corso o San Carlo al Corso ofrecen refugio y silencio a pocos pasos del ruido del tráfico.

Tiendas exclusivas y boutiques: el escaparate eterno de Roma

Aunque la Via del Corso ha sido siempre un eje de tránsito, en las últimas décadas se ha convertido también en el gran corredor comercial de la ciudad. Aquí conviven las grandes marcas internacionales con boutiques italianas de larga tradición. Firmas como Zara, H&M o Mango ocupan palacios históricos rehabilitados, mientras que tiendas locales como Gutteridge o Alcott aportan ese aire de moda urbana que tanto atrae al público joven.

Pero el auténtico lujo se encuentra en las calles paralelas. En Via dei Condotti, a pocos metros del Corso, se alinean los escaparates de Bulgari, Gucci o Prada, testigos del esplendor del Made in Italy. La elegancia continúa por Via Frattina, donde pequeñas joyerías y zapaterías artesanas mantienen la esencia de la sastrería romana. Pasear entre estos escaparates es también recorrer un catálogo de estilos y épocas, un reflejo de cómo Roma ha sabido conjugar lo clásico con lo contemporáneo sin perder su carácter.

Dónde comer: entre trattorias centenarias y cafés con historia

El entorno de la Via del Corso ofrece opciones para todos los paladares, desde las trattorias tradicionales hasta los cafés históricos donde el tiempo parece haberse detenido. Uno de los más emblemáticos es el Caffè Greco, en Via dei Condotti, abierto desde 1760 y frecuentado por artistas universales como Goethe, Byron o Liszt. Su interior, con paredes cubiertas de retratos y espejos dorados, conserva la atmósfera romántica de la Roma decimonónica.

Para probar la cocina romana más auténtica, basta con desviarse por alguna de las calles transversales: en Via della Croce y Via della Vite abundan pequeños restaurantes donde sirven pasta alla carbonara, amatriciana o saltimbocca alla romana elaborados según la receta original. En cambio, si se busca algo más contemporáneo, locales como Ginger Sapori e Salute apuestan por una cocina fresca y ligera, con productos biológicos y zumos naturales. Terminar la comida con un gelato artigianale en Giolitti o Venchi es casi una obligación antes de volver al paseo.