En la costa noroeste de Mallorca, donde la Serra de Tramuntana se precipita sin titubeos hacia el mar, el Mirador de Sa Foradada ofrece una de las postales más inconfundibles de la isla: un islote perforado por un gran agujero natural que parece enmarcar el Mediterráneo como si fuera una ventana abierta al horizonte. Desde esta atalaya situada en territorio de Deià, cada atardecer se convierte en un espectáculo de oro y cobre, mientras el viento asciende desde los acantilados y el olor a pinar completa una experiencia sensorial imposible de olvidar.

  1. Dónde se encuentra el mirador de Sa Foradada y cómo llegar
  2. Entorno natural
  3. Mejores momentos para visitarlo
  4. Rutas de senderismo y miradores cercanos
  5. Qué ver y dónde comer por la zona

Dónde se encuentra el mirador de Sa Foradada y cómo llegar: entre olivares centenarios y curvas de montaña

El Mirador de Sa Foradada se encuentra en el término municipal de Deià, en plena Serra de Tramuntana, a medio camino entre Valldemossa y Sóller. El acceso más habitual es por la carretera Ma-10, la ruta escénica que recorre los acantilados del noroeste de Mallorca y que fue, durante siglos, la única forma de comunicación terrestre entre los pueblos de esta parte de la isla. Hoy sigue siendo una carretera estrecha y serpenteante, pero ha sido modernizada y ofrece numerosos apartaderos donde detenerse y admirar el paisaje.

El mirador como tal se encuentra junto al restaurante Ca’s Patró March y a corta distancia de Son Marroig, la histórica posesión que perteneció al archiduque Luis Salvador de Austria, una de las figuras que más hizo por dar a conocer la belleza de esta costa en el siglo XIX. Muchos viajeros aprovechan una visita conjunta: contemplar el museo, pasear por los jardines y luego desplazarse al mirador para disfrutar de la panorámica. Además de llegar en coche, existe la posibilidad de aproximarse mediante rutas de senderismo que parten desde Deià o desde el propio Son Marroig, algunas de ellas descendiendo hasta la península de Sa Foradada. El paisaje acompaña en cada paso: terrazas de olivos centenarios, muros de piedra seca que sostienen el terreno y miradores naturales donde el mar siempre parece estar al alcance de la mano.

Entorno natural: acantilados, olivos y el azul profundo de Tramuntana

El Mirador de Sa Foradada se asienta sobre un promontorio rocoso modelado por la misma geología que define la Serra de Tramuntana: una estructura caliza originada por el levantamiento de los fondos marinos y esculpida durante millones de años por la erosión del viento y el agua. El resultado es un conjunto de acantilados dramáticos que caen casi verticalmente hacia el Mediterráneo, interrumpidos solo por pequeñas calas de difícil acceso y terrazas agrícolas que parecen desafiar a la gravedad.

El paisaje vegetal está dominado por bosques de pino carrasco, encinas y matorral mediterráneo, donde tomillo, romero y sabinas llenan el aire de aromas resinosos. Sin embargo, el elemento más característico de este entorno son los olivares centenarios o incluso milenarios que recubren las laderas. Estas plantaciones en bancales de piedra seca forman parte del Patrimonio Mundial de la UNESCO y representan una manera de vivir y cultivar en la montaña que ha perdurado durante siglos. La combinación de verdes plateados de los olivos, el marrón de la roca caliza y el azul profundo del mar ofrece una paleta cromática que varía con cada hora del día.

Mirador de Sa Foradada
Cala de Sa Costa Brava, Mallorca, España

La fauna es igualmente interesante: halcones peregrinos y cernícalos sobrevuelan los cortados con precisión quirúrgica mientras gaviotas y cormoranes se lanzan al mar en busca de peces. Por las noches, sobre todo en primavera, se puede escuchar también el canto del autillo y otros pequeños moradores del bosque mediterráneo. En conjunto, el Mirador de Sa Foradada no es únicamente un lugar escénico sino un punto privilegiado para apreciar de cerca el patrimonio natural más valioso de la Tramuntana.

Mejores momentos para visitarlo: el atardecer que hizo famoso al lugar

Si hay un momento que ha convertido este mirador en símbolo de Mallorca es el atardecer. Al caer la tarde, el sol se alinea con el orificio natural que da nombre a Sa Foradada, generando una ilusión de contraluz que oscurece el islote mientras tiñe el cielo de rosa, dorado y naranja. Es un efecto que atrae tanto a viajeros como a fotógrafos y que ha sido inmortalizado en cuadros, postales, películas y libros durante más de un siglo. No es raro encontrar a grupos de visitantes esperando en silencio el minuto exacto en que el disco solar atraviesa el agujero, un momento breve pero inolvidable.

No obstante, el amanecer también tiene su encanto, aunque la orientación del acantilado hace que el sol salga por el interior de la sierra. En ese caso, se disfruta de una luz suave que resalta los olivares, los muros de piedra y la textura de la montaña. Las primeras horas del día suelen ser más tranquilas, especialmente fuera de temporada, cuando se puede caminar casi en silencio solo acompañado por el rumor del mar. Visitar al mediodía puede resultar caluroso en verano, ya que el sol cae de lleno sobre el acantilado, pero también ofrece la posibilidad de ver el Mediterráneo en su tono más limpio y luminoso.

Rutas de senderismo y miradores cercanos: una costa que se vive paso a paso

El Mirador de Sa Foradada no es un destino aislado: está rodeado de senderos históricos que han unido fincas, pueblos y cultivos desde tiempos medievales. Una de las rutas más conocidas es el descenso hasta la propia lengua de tierra donde se encuentra la roca perforada. Este camino parte de Son Marroig y baja entre olivares centenarios sostenidos por escalones de piedra seca, con vistas continuas al mar. El recorrido dura entre 45 minutos y una hora en descenso, y algo más en ascenso, y permite llegar hasta una pequeña cala rocosa desde donde la cueva natural se observa desde abajo, con un dramatismo aún mayor que desde el mirador.

Otra ruta clásica es la que enlaza Deià con Son Marroig, siguiendo parte del histórico Camí de sa Torre, que rodea la costa con vistas imprevisibles y se interna ocasionalmente en bosques de encinas. Los caminantes más experimentados pueden continuar desde Deià hacia Sóller o hacia Valldemossa enlazando con otros tramos de la red de senderos de la Tramuntana, una red campesina que en las últimas décadas se ha convertido en uno de los mayores atractivos de la isla. Además del mirador principal, existen otros puntos de observación más discretos en la misma carretera Ma-10, especialmente en las proximidades de Son Marroig y en varios apartaderos señalizados.

Qué ver y dónde comer por la zona: posadas históricas y cocina mallorquina con vistas al Mediterráneo

Quienes visitan el Mirador de Sa Foradada suelen combinar la experiencia con la visita a Son Marroig, la histórica finca del archiduque Luis Salvador. La casa-museo conserva objetos, manuscritos y recuerdos del aristócrata austríaco, que dedicó buena parte de su vida a estudiar Mallorca y que contribuyó a proyectar su paisaje en toda Europa. Sus jardines en terrazas, coronados por el famoso templete neoclásico de mármol, ofrecen otra perspectiva a la costa: más íntima, más serena y perfecta para detener el ritmo de la visita.

No muy lejos se encuentra el núcleo blanco y empinado de Deià, uno de los pueblos más atractivos de la isla, frecuentado desde los años 60 por artistas, músicos y escritores. Calles empedradas, casas de piedra dorada y un pequeño cementerio colgado sobre el mar explican por qué este lugar fue elegido por creadores como Robert Graves para residir durante décadas. Más hacia el interior se encuentran Valldemossa, con su antigua cartuja, y Sóller, conectado al puerto por el histórico tren de vía estrecha.

Para comer, la zona ofrece opciones muy diversas, desde restaurantes tradicionales situados en antiguas casas de montaña hasta terrazas con vistas directas a Sa Foradada donde se preparan arroces, pescados y verduras de la huerta local. En los pueblos cercanos, la gastronomía se basa en producto de cercanía: aceite de oliva elaborado en las antiguas tafonas, embutidos mallorquines como la sobrasada, sopas mallorquinas, tumbet y postres clásicos como el gató de almendra.