Hace mucho tiempo, tres reyes de Oriente dejaron atrás sus reinos para seguir la luz de una Estrella. Sabían a quién buscaban, pero no dónde encontrarlo. Cruzaron desiertos y noches enteras hasta que la Estrella se detuvo sobre el portal de Belén, y allí, ante el Niño Jesús, se arrodillaron y le ofrecieron oro, incienso y mirra.
Desde aquella noche, los Reyes Magos vuelven a ponerse en camino cada invierno. Llevan semanas atravesando el desierto y aún les espera un largo viaje: deben cruzar montañas y mares hasta llegar a cada uno de nuestros hogares. Lo hacen desde aquella Navidad, y no han dejado de hacerlo.
A mitad de camino existe un lugar que casi nadie conoce, un oasis escondido en el Palmeral de Marrakech. Allí la caravana se detiene a descansar, da de beber a los dromedarios, recoge las últimas cartas y espera a que la Estrella encuentre su lugar en el cielo para señalar, una vez más, el camino hacia Occidente. Porque un oasis no es un destino. Es la pausa necesaria para seguir el viaje.
Solo unas noches al año, unas pocas familias tienen la fortuna de estar allí cuando eso ocurre. Sus hijos encuentran a los Reyes Magos mientras descansan, hablan con ellos en privado de sus ilusiones y los despiden cuando la Estrella vuelve a brillar.