El Real Sitio y Villa de Aranjuez, el espacio de recreo preferido de Felipe II y de los reyes Borbones, es una escapada imprescindible.
A orillas del Tajo, Aranjuez fue el lugar donde la monarquía española del siglo XVIII decidió detener el tiempo cada primavera.
El mayor jardín de Aranjuez, concebido a finales del siglo XVIII, despliega más de 150 hectáreas de paisajismo ilustrado junto al Tajo donde naturaleza, botánica y escenografía se entrelazan sin un eje dominante.
Levantada entre 1791 y 1803 en el Jardín del Príncipe, la Real Casa del Labrador no fue una casa ni un capricho menor, sino un laboratorio de lujo, técnica y gusto artístico donde Carlos IV concentró una de las decoraciones más refinadas de la Europa de su tiempo.
Viajar en el Tren de la Fresa es trasladarse en el tiempo para recordar aquellos desplazamientos en ferrocarril del siglo XIX que iban de Madrid a Aranjuez.
Frente al Palacio Real, este edificio aparentemente discreto revela cómo funcionaba, en realidad, la compleja maquinaria de la corte.
A menos de una hora de Aranjuez, pueblos como Chinchón, Ocaña, Colmenar de Oreja o Villarejo de Salvanés atesoran páginas memorables de la historia de Castilla.
El Mercado de Abastos de Aranjuez es una joya de la famosa arquitectura de hierro. Para su construcción se utilizó también piedra blanca de Colmenar.
Frente al Palacio Real de Aranjuez, el Jardín del Parterre no es solo un jardín: es una escenografía política donde la monarquía borbónica convirtió la naturaleza en símbolo de orden y dominio.
Visitar Aranjuez con niños es un plan muy cómodo tanto por sus monumentos como por las actividades especiales programadas, como el Tren de la Fresa.
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