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Museo Guggenheim Bilbao, la transformación de una ciudad a través del arte

A inicios de los años 90, los bilbaínos todavía podían contemplar, desde el Puente de la Salve, cómo la ría del Nervión abrazaba la Campa de los Ingleses, una zona gris de marcado carácter industrial situada en la margen izquierda del cauce cuyo nombre recuerda al cementerio británico que albergó hasta 1908. Hoy se erige allí el Museo Guggenheim Bilbao, eje central del asombroso proceso de transformación que la capital vizcaína experimentó a finales del siglo pasado como respuesta a la grave crisis industrial que por entonces atravesaba la ciudad. Reminiscencias de esta época de acero, amarga y necesaria al mismo tiempo, las encontramos en este templo del arte contemporáneo que hoy se integra armoniosamente en la renovada trama urbana de Bilbao, con el verde Paseo de Abandoibarra como principal puerta de acceso. Una colección fija, compuesta por obras de autoría internacional, y una serie de exposiciones que se renuevan periódicamente, son las protagonistas de este espacio cuyas formas ondulantes y materialidad cautivadora se concretan en el diseño vanguardista que el arquitecto Frank Gehry fraguó en su cabeza hace casi 25 años.

Frank Gehry y el Efecto Bilbao

“El diseño del Museo está basado en el puerto que fue [Bilbao] y la ciudad que es”. Son las palabras que el arquitecto norteamericano Frank Gehry, máximo artífice del edificio, dio como explicación al origen del controvertido diseño que hoy encarna el Museo Guggenheim. En efecto, esta escultura a gran escala mantiene una suerte de diálogo con el río que la bordea, por ver algunos en ella la representación de un navío varado; también con la ciudad en la que se inscribe, aludiendo a través de su materialidad, basada primordialmente en escamas metálicas, al pasado industrial y portuario de la zona. Este hito arquitectónico del siglo XX se sitúa al norte de la ciudad, en el punto exacto que su creador indicó caprichosamente, según cuentan, cuando durante una visita a la ciudad observó una panorámica de la misma desde el monte Artxanda.

Cofinanciada por el Gobierno Vasco y la célebre Solomon R. Guggenheim Foundation, su construcción duró exactamente cuatro años. En 1997, su inauguración dio la vuelta al mundo, siendo desde el inicio un éxito en cifras de visitantes, con el consiguiente impulso revitalizador que esto trajo para la economía bilbaína. No es de extrañar entonces que el fenómeno de la transformación de una ciudad a consecuencia del levantamiento de una importante pieza arquitectónica haya pasado a conocerse en adelante como el Efecto Bilbao.

 El Guggenheim visto desde fuera

Un gigantesco perro cubierto de plantas en flor llamado Puppy, obra botánica del artista estadounidense Jeff Koons, anuncia la presencia del Guggenheim cuando aún no hemos dejado atrás siquiera la calle Iparraguirre, principal vía de acceso al Museo. A medida que nos acercamos comenzamos a conocer otras obras que un día llegaron para quedarse, como Mamá, la escalofriante araña gigante de Louise Bourgeoise, o Escultura de niebla, obra de la artista japonesa Fujiko Nakaya.

Cuenta el propio Gehry que, estando en su estudio de Nueva York, encontró por casualidad un pequeño trozo de titanio, y que, movido por su naturaleza curiosa, decidió colgarlo de un poste de teléfono visible desde su ventana. Gracias a que aquel día llovía, Gehry descubrió que el titanio había cobrado un tono dorado, por lo que decidió que aquel sería el material protagonista en la fachada del edificio. Hoy las formas insinuantes del Museo, junto al acabado de las casi 33.000 finísimas planchas de titanio, piedra caliza y vidrio, armonizan todas juntas en un precioso paisaje de reflejos de luz y espejos ante los ojos del visitante.

Un viaje selecto por el arte contemporáneo mundial

Una vez en el interior del edificio, el espectáculo continúa. El Atrio, auténtico corazón del Museo, nos recibe con su extraordinario lucernario cenital y sus volúmenes curvos. Desde esta sala diáfana en la que conviven pasarelas curvilíneas, ascensores de titanio y cristal y torres de escaleras, es posible llegar a cualquiera de las veinte galerías que contiene el Museo; incluida la sala ArcelorMittal, una enorme galería de 30 metros de ancho y 130 de largo que alberga de manera permanente la instalación del artista estadounidense Richard Serra, La materia del tiempo, compuesta por siete monumentales esculturas realizadas en acero corten.

James Rosenquist, Eduardo Chillida, Andy Warhol, Robert Rauschenberg, Jannis Kounellis o Yves Klein son sólo algunos de los artistas cuyas obras componen la colección propia del Museo -en parte gracias a la alianza con la Fundación Solomon R.- y que abarca obras realizadas entre 1952 (Sin título, de Mark Rothko es la primera) y 2014 (Árbol de los deseos para Bilbao, de Yoko Ono, es la última).

A esto se le suman las exposiciones temporales que el Museo organiza frecuentemente, en forma no sólo de pinturas y esculturas, sino también de escenificaciones, instalaciones, videos y otras manifestaciones del género. Alrededor de las mismas es habitual encontrar un rico abanico de actividades complementarias, como conferencias y coloquios, con las cuales el visitante puede enriquecer sus conocimientos artísticos sobre el tema del momento.

Algunos alicientes culturales y gastronómicos

Para rematar la riquísima oferta cultural que el Museo ofrece a sus visitantes, nosotros queremos recomendaros el llamado Art After Dark, una visita nocturna por las ya mencionadas exposiciones, con el Atrio como punto de reunión con reconocidos DJs en directo. Esta actividad, con aires más alternativos, viene celebrándose un viernes de cada mes desde el año 2008, y desde luego, ofrece al visitante una perspectiva fresca y alejada de la acostumbrada visita diurna al Guggenheim.

A su vez, os proponemos una parada en uno de los dos restaurantes que el Museo alberga para disfrute de los visitantes. El Nerua, con un carácter más sobrio, o el Bistró Guggenheim Bilbao, más informal y desenfadado, aúnan cocina tradicional vasca con nuevas tendencias y estilos culinarios, para que la estancia en el Guggenheim la recordemos no sólo en imágenes sino también en sabores.

Información de interés

  • Cómo llegar:
    • En tranvía, descendiendo en la parada Guggenheim.
    • En metro, descendiendo en la parada Moyua, y caminando 10 minutos por Alameda de Rekalde.
    • En autobús, cogiendo cualquiera de las líneas 1, 10, 13 y 18 con parada en la Plaza del Museo de Bellas Artes; 13, 27, 38 y 48 con parada en Alameda de Rekalde; y la 11 y 71 con parada en la Plaza de La Salve (ascensor Puente de La Salve).
  • Horario: El Museo abre de martes a domingo de 10:00-20:00. Los días 25 de diciembre y 1 de enero cierra. Los días 24 y 31 de diciembre el horario se reduce a las 17:00.

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